“I will survive”

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Me preparaba con suma excitación para mi primera fiesta de 15 años por todo lo alto. Además, exhibiría y estrenaría a mi novia en sociedad. Una pelirroja de melena caoba, piel rosada, sonrisa prístina e impoluta, alta y acuerpada. En fin, exuberante en cuerpo y maneras. Mucho mujerón para este flaco desgarbado. Eso pensaban todos, incluyéndome.

La celebración prometía. Sería en la sala de festejos mas prestigiosa de la capital, con la orquesta más renombrada y buena comida por doquier. Había alquilado mi primer esmoquin. Por supuesto necesité la ayuda de mi madre para fajarme y colocarme la pajarita. No podía presentarme sin regalo y escogí un casete de una famosa cantante disco que estaba pegada de sol a sol. Todavía retumba en mis neuronas. Por supuesto pagado por mis padres.

El ambiente era exquisito. Mi damisela estaba justo enfrente captando todas las miradas, incluyendo las mías.  Y yo henchido de orgullo. Todo transcurría a la perfección hasta que en un tris me traicionaron las hormonas, fijando por un instante la mirada en una flaquita escultural. Lo próximo que sentí fue la contundencia de un hielo en mi frente, seguido por un “balde” de agua fría alicorada y la erupción de un chichón. Se acabó el encanto. No hubo forma de recuperar la compostura ni de reconquistar. Vendrían tiempos mejores. Perdí la noche y la novia por el destello de una mujer que solo me correspondía en mi imaginación. Era un presagio, un anuncio que me acompañaría por el resto de mis días. Solo me quedaba aguardar el regreso, seguir bailando en la silla y ahogarme en alcohol.

Llegué a casa tambaleándome y me acosté sin mucho protocolo. Solo atiné a despojarme de los zapatos y pantalones. Me desperté con las carcajadas de mi madre cuando me jamaqueaba para llevarme al liceo. La escena era grotesca. Medias negras hasta las rodillas, interiores cabritos blancos, el fajín del esmoquin, torso lampiño, el corbatín negro, las greñas alborotadas y un morado de unicornio. Estricta etiqueta. Por supuesto me preguntó que había pasado y solo tararee el último estribillo:

“I’ve gota all my life to live

and I’ve got all my love to give

and I will survive, I will survive”.

(Gloria Gaynor)

Por cierto, aún conservo el casete. En ese  momento no sabía que en las fiestas de gala los regalos no se le entregan directamente al agasajado, sino que se depositan en una cesta.

Jugadas del destino, azares del camino.

 

Gerardo Antoni Taborda (gAt)

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