Santa Fe de Bogotá … testimonios de un peregrino

Me recibe un tul de nubes en El Dorado, aeropuerto con aspecto provinciano … por ahora. Está en plena remodelación: señal de progreso. La Bienvenida es cálida, sin complicaciones.

El tráfico es infernal, como de costumbre; a pesar del Transmilenio (sistema de transporte masivo basado en buses) y la restricción de Pico y Placa. El parque automotor no ostenta. Todos los americanos, europeos y asiáticos están presentes, al igual que el enjambre de motos. También hay espacio para las bicicletas en la “cicloruta”.

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Me dirijo a la Zona Financiera . El trayecto es popular, bastante limpio. Los acabados de ladrillo abundan. La altura de las edificaciones es modesta, acogedora.

El hotel me queda grande ( El exclusivo J.W.Marriott ). Bata, Calzador, Cepillo para trajes, pasador de cadena automático y hasta una cajita de madera para lustrar zapatos con todos sus pertrechos.  Demasiadas estrellas para este posadero.

La seguridad se siente, firme pero cortés. Detectores de metal, Rayos X y perros de fino olfato.

El verde es mullido, los árboles frondosos y centenarios. Las flores abundan. Hasta los “bouquets” de orquídeas son mercancía de buhoneros.

Pasear los perros es un oficio. Llegué a contar hasta 8, conducidos por un mismo  par de manos.

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No cesa de llover, a pesar del “verano”(temporada seca). Los lugareños lo atribuyen a “La Niña”, aún cuando se siente “crecida”.

La sabana de Bogotá está circundada de suaves colinas. No nos engañemos, estamos a 2600 msnm.

Desde el Santuario del Señor Caído de Monserrate tengo una amplia panorámica de la ciudad (estamos a 3300 msnm).

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A su lado se encuentra el Cerro de Guadalupe con los brazos abiertos; aún más alto. ¿Bendiciones o haciendo equilibrio ante la fiereza del viento?

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A mi espalda un pulmón vegetal.  Para llegar a Monserrate basta un corto paseo en teleférico o funicular.

Durante el día, la temperatura en Bogotá es suave aliento de cordillera: divina. Durante la noche hay que buscar calor..humano.

Siempre he sido revolucionario … en mis desayunos. Pero esto es lo máximo: calentado (arroz con sofrito de cebolla y tomate, carne, salchichas y frijoles), caldo de costilla con papa, sopa de plátano verde, tamal (hallaca con carne, frijol y hasta presas de pollo) y arepas de choclo (cachapas).

En la Zona G, me tocaron el Punto Gourmet. Ceviche de mango, uchuvas ( fruta exótica con apariencia y jugosidad de un tomatito “cherry” y fragancia de ciruela huesito),  carne tiernísima sobre una hoja crujiente de patacón (tostón), lomo al trapo ( cubierto con una costra de sal, envuelto en trapo y brasa ), ensalada fresca bien bañadita de especias y con perfume de cilantro. Jugo de Feijoa (fruta parecida al Kiwi o cómo la describen los locales: una guayaba agridulce). De postre una degustación de queso criollo  y brevas (fruto de la higuera) con arequipe, y chocolate melcochudo entre tapas de suspiros,  y al final un tinto endulzado con panela.

También me pasee con estilo colonial por Usaquén ( Zona K ), la Zona T y el Parque de la 93; para llenarme de rostros,  bullaranga e historia.

Y por supuesto la insignia de la rumba: Andrés Carne de Res ( Chía ) y Andrés DC en Bogotá: relajante, relajado, suculento y sobretodo  imperdible.

La Zona Colonial está muy bien preservada, y nos remonta al brillo del Virreinato. La Plaza Bolívar resulta inusual. Es un campo despejado, donde solo yace la estatua a pie del Libertador: Simón Bolívar.

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No hay ornato, ni árboles; solo un cielo inmenso, una mirada desafiante y una espada empuñada de cara a tierra.

La Catedral; imponente la rodea; al igual que el Palacio de Nariño y su vistosa Guardia Presidencial.

La Plaza es punto de encuentro del pueblo, incluyendo sus indigentes y expresiones de folclore.

Tanta libertad ha traído consecuencias, hasta los grafitis  conviven con el pedestal de Bolívar.

Me reencuentro con compatriotas (1) que salieron de una tierra caliente buscando oportunidades y las encontraron; así como a una hermosa familia consolidada con los “míos” y los “tuyos”. Orgullo ajeno gestado a lo largo de varios lustros.

Vida Nocturna esparcida por las esquinas. Centros Comerciales seductores, con precios esquivos. Licras torneadas calzadas en botas de cuero que siguen curvaturas “gemelas” bajo minifaldas danzantes; visten el frío con la elegancia de las bogotanas. Hermosas mujeres. De los elegantes caballeros, hablará otro.

“Desciendo entre penumbras y azufre … La cruz tallada avanza de estación en estación, solo se desvaneceante la muerte del señor.

Ni toda la sal bastaría para purificar a este pecador. Solo me consuela que Dios nos ama, aún incorregibles.”

Estoy en la Catedral de Sal, de Zipaquirá al norte de Bogotá. Una Mina aún en producción debajo de unamontaña socavada.

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Explotada desde antes de la colonia, por los indios muiscas; asentados en el poblado de “Chicaquicha”.

Es resguardada por Nuestra Señora del Rosario de Guasá, Patrona de los mineros. Toda una Maravilla.

El regreso se devanea por el Valle de Sopó, campiña plácida con ganado de raza pastando que recuerda latitudes alpinas.

En cada esquina el café hace honor a su fama. Sin embargo también hay muchos seguidores de la “aromática” (agüitas de hierbas y frutales ).

Lugar aparte merece la amabilidad de los colombianos: serviciales, sonreídos, espontáneos.

La ida y el regreso fue en Avianca: Línea Bandera; con una digna prolongación de la cordialidad referida … y con un avión lleno de comodidades; dentro de lo que cabe: apoya pies, porta vaso, tomacorriente, pantalla individual, gancho para el abrigo, y hasta puerto USB.

Poco tiempo para conocer…suficiente para querer regresar.

Me voy con el gusto del café: infusionado, acaramelado y hasta “enturronado”; y con un brazalete de mola (2) que me enlaza a los recuerdos y al porvenir.

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NOTAS:

(1) Maroly y Luis Alberto, Susana y Verónica.

(2) Mola: Arte indígena de los Kuna.

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