Amazonas-Puerto Ayacucho; Reservorio de eXótico Deleite

Salimos desde El Obelisco a las 9:30 pm. Aun nos separaban casi 14 horas hasta el destino: Puerto Ayacucho, Estado Amazonas.

Estamos guiados por Roberto, el ecologista; con trayectoria en el Jardín Botánico, y en la sociedad conservacionista de aves: Audubon.

Su ascendencia es Warao; buena señal. Lo acompaña Gilbert, el hombre de la logística, y Hanny la bujía y chispa de los organizadores.

Las primeras horas son de “reggaeton”. Las últimas también. RUMBA TOTAL. Demasiada juventud represada en nuestro autobús temático, colorido y con vida propia: “Tin Macoy”.

Una obra de arte catalana dedicada al Barcelona F.C. Nuestros compañeros de viaje son devotos… de la buena vida. La ruta es desconocida hasta para el conductor.

La velocidad está limitada por las tinieblas y una vía temblorosa semipavimentada, pero abierta a cualquier vehículo.

En el camino dejamos San Juan de los Morros, El Sombrero, Calabozo, San Fernando, Biruaca Mantecal, Achaguas y a muchos viajeros bien equipados buscando acampar en los ríos.

El cansancio venció a Tin (Bertín) el conductor. Pide silencio y oscuridad para recuperar fuerzas. Su pareja es nuestro ángel guardián.

No permite el avance, hasta constatar su recuperación.

La luz aparece develando una gran sabana. Arbustos chaparros y retorcidos por la inclemencia. Mogotes de gramíneas sobre tierra rojiza.

Casitas aisladas sobre parcelitas minúsculas, siempre protegidas por la pródiga palma moriche: el árbol de la vida. Aloja frutos y gusanos comestibles.

De su celulosa se fermenta una bebida energizante. De su pasta de hace un dulce. Su tronco es pilar y curiara. ¿Qué mas podemos pedirle?.

Cruzamos el Capanaparo y el Cinaruco reverberantes de sol, bordeados de oasis de vegetación espesa y de playas de río.

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El desayuno fue en La Macanilla, típico a más no poder: babo, chigüire, y queso para los conservadores.

El pescado salado se seca en tendedero, la vara atraviesa la carne mientras la brasa ahumada hace el resto.

El pollo gira rostizándose. Se siente todo nuestro mestizaje. Rostros indígenas curtidos y visitantes por doquier.

Otro paso de río. Esta vez le toca al imponente Orinoco. Hay que esperar la chalana. Estamos en Puerto Páez.

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Los techos de nube son bajos. El calor es abrasante. Clamamos por la cerveza … ausente ante la ley seca, pero solo basta insistir para que aparezca. Milagro de la Semana Mayor.

Aún nos separa casi una hora del destino originario. Aparecen grandes formaciones rocosas.

Son asiento de un hábitat muy peculiar, donde hasta las orquídeas y bromelias consiguen agua y sustento.

Llegamos…muertos de hambre. No hay muchas opciones. Nos acoge El Rey David. Nos acoge El Rey David. Sopa de gallina, pollo a la brasa, arroz con frijoles (palo a pique).

Nos alojamos en la Posada Kiony; recién inaugurada y atendida con mucho orgullo por Juan Carlos: su propio dueño.

Todo el lugar está habitado por esculturas de madera de los animales de la zona. Descansamos hasta la cena, donde la lapa se hizo presente.

Ya las fuerzas están repuestas para comenzar la verdadera aventura.

El primer destino es el Monumento Natural Piedra de La Tortuga, formación rocosa acompañada de leyendas Su color oscuro es una amalgama de rocas y líquenes carbonizados.

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Trepamos hasta la cabeza, ligando que la lluvia no haga espeluznante una superficie donde no hay soporte que valga.

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Desde el tope se avista el Orinoco, territorio colombiano (Departamento de Vichada) y la Piedra del Pezón…qué más se puede pedir.

La fortuna nos acompaña. El sapito minero, venenoso y de colores brillantes se descubre ante nosotros.

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La fauna es esquiva; pero se encuentran conejos, lapa, picure, chigüire, y báquiros. No abundan las culebras, pero hay que tener los ojos abiertos y el paso en el camino para evitar las eventuales mapanares y anacondas.

Nos adentramos con respeto al cementerio indígena, incrustado en piedra. Quedan como evidencia “Piedras Pintadas” con sangre animal y tintura vegetal; así como urnas “occidentales” donde descansan osamentas. Los indígenas usaban el moriche y la intemperie.

Los ríos hay que disfrutarlos con precaución. Las pirañas rondan. Se tejen muchas historias sobre su poder oxigenante y hasta afrodisíaco. En el mercado se consigue en variadas presentaciones

A 80 km al sur de Puerto Ayacucho visitamos el Tobogán de la Selva, laja descomunal. Nos deslizamos sobre piedras que conducen con vértigo a una piscina natural.

El caudal no era abundante, la adrenalina SI. Más de uno salió con raspones y algo más.

Nos dirigimos a la Comunidad indígena de Aguas Blancas (Piaroas), por medio de una vigorosa caminata.

En el camino se encuentra el Monumento Piedra Pintada, formación rocosa con arte rupestre y “petroglifos” que comunican visiones y leyendas.

Nos reciben con una ceremonia “típica” donde el “cacique” tocó su flauta y hasta prendió fuego frotando leña. Se adornaba con plumas exóticas y collares.

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Partimos de noche luego de disfrutar de un baño de río y nadar contracorriente. Nos acompaña una luna que se cuela a través de los moriches.

Inolvidable el Restaurant La Pujana (conjuro para retener a los hombres) con una trayectoria de mas de 10 años atendido por descendientes de los pueblos originarios.

La dueña es de la etnia Bare. Jugos de frutas exóticas: túpiro, lapa que se deshace en la boca, y el danto, carne oscura que una vez que se vencen los escrúpulos sabe a GLORIA.

El babo y entre los pescados el morocoto y la palometa. El típico Mañoco (casabe en polvo) sirve de complemento, y la catara: salsa picante, preparada a base de las colas de hormigas que se cocina en el jugo de la yuca y especias. Para endulzarnos, la mermelada de coruba con casabe por supuesto.

Puerto Ayacucho nos devela el boulevard indígena y el Museo Etnológico de Amazonas…Viviremos es el clamor. Existe un mosaico de etnias.

Son mas de 23: Yanomamis, Piaroas, Yekuanas , Arawacos, Bare, Guajibo, Puinares, Macos, Piapocos, Hotis, Waekenas, Hotis, Yabaranas, Cubeos, Cuinabos, Solibas; entre otras.

Cada etnia tiene su propia lengua y cultura. El folclore se manifiesta en la cerámica, cestería, tejidos, objetos rituales, instrumentos musicales, armas y utensilios utilitarios.

La casa de Juan Riverola se bambolea sobre piedras. Es una atracción turística. Nada muy diferente a los alardes de nuestros ingenieros populares en las casas que cuelgan de los barrios caraqueños.

El Mirador de Montebello permite una vista panorámica de los raudales de Autares, que separan con espuma briosa la frontera.

Lajas volcánicas se mojan en el Orinoco. Cruzamos para adentramos en Casuarito, pueblo colombiano de hermanada hospitalidad.

Los “souvenirs” son gastronómicos, algo de cuero y el buen café.

Ya estamos de regreso. De un lado un atardecer nublado, con un manto pizarra bajo un sol naranja, del otro un arcoíris.

El conjuro FUNCIONO. Los ancestros me invadieron. Estoy prendado.

Volveré por los raudales, sus comunidades indígenas y el Autana: Montaña sagrada, a la cual solo se llega para reverenciarla.

gAt

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