Las Cuevas y Pozas del Zumbador – Parte II… Trochando la “Cerrada” y la “Abierta “

La última vez quedé saciado pero con hambre de más. Recorrimos a plenitud la Cueva Cerrada, pero faltó recorrer la Abierta. Por falta de tiempo y sobretodo de guía.

En esta oportunidad contamos con la espléndida y acostumbrada organización de Luis Aguilar, el versátil médico intensivista y ecologista de San Felipe; acompañado de sus inseparables Félix y el “Pequeño Juan”. Además se nos une la generación de relevo; conformada por los hijos y amigos de mis compañeros de camino desde hace más de un lustro.

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Partí desde Caracas con ansiedad. Solo me detuve a reponer energías con la vista campestre y refrescante de la represa de Cabuy en los predios de Nirgua.

Un poco antes de las 6pm salimos desde San Felipe a Yumare; a la casa de un productor amigo que nos brindó refugio.

Nos obsequiaron los frutos de su tierra: arepa, aguacate, queso, “ñema” y “pira” (caraota). La partida a pie hasta las Cuevas estaba prevista para las 4AM.

Nos separaban alrededor de 10 horas de caminata. Dormimos en hamacas en un cobertizo rodeados de becerros y cerdos… como diría una amiga “Cochina Envidia”.

Un gallo trasnochado y un becerro hambriento se encargaron de despertarnos.

Comenzamos a caminar entre sombras y con una brisa “ululante” e intermitente que se colaba entre las copas de los árboles que nos flanqueaban el camino.

Cada paso de agua era un buen motivo para un breve descanso, eso sí de pie… “No te sientes que te vá a dar “tabardillo” (flojera)”.

A medida que avanzamos comenzamos a pisar la prehistoria. El sendero está incrustado de fósiles marinos.

En los puntos más altos del recorrido, y con un día despejado se puede divisar Tucacas. El mar se retiró, pero su huella permanece.

Ya llegamos a la anunciada poza a un recodo del sendero. Solo perceptible para los baqueanos. Es amplia, profunda y cristalina con un lecho rocoso que aloja en abundancia corronchos, camarones y peces tropicales (sardinatas y “guppys”). Nos bañamos con jabón… biodegradable… y hasta lavamos medias, franelas y el cansancio del camino.

Finalmente llegamos al rancho de Demetrio y Olivia, campamento base para reponer fuerzas y hacer la incursión nocturna de la Cueva Cerrada.

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Comimos sobre la grama del potrero: cochino con yuca, adobados con leña. Nos descalzamos develando unas plantas “crispantes”.

La “Hembrita” (Toyota descubierta) nos aproxima a la cueva. Usamos un rancho del hijo de Demetrio para pasar la noche.

Estuvimos casi 3 horas dentro de la cueva, acompañados de camarones azules, peces grises, babosas, arañas, murciélagos y galerías góticas y “estalagmíticas”, con figuras que mutan en cámara lentísima. El recorrido es sobre y bajo las aguas del río subterráneo que aflora al final de la cueva.

La poza es una tentación lúgubre. Todos “pecamos”.

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Todo recorrido depara sorpresas. En esta oportunidad nos aventuramos por una galería en ascenso, y luego de casi 30 minutos de terquedad sin límites y sin brújula, logramos conseguir una salida a la cueva. Ya tenemos una excusa para volver y seguir ahondando en los misterios del Zumbador.

Apenas amanece y ya partimos para la Cueva Abierta. Solo nos separan 40 minutos frondosos bordeando el río. Las pozas nos tientan pero la húmeda fusión debe esperar.

Un poco antes de la Cueva Abierta hay una bajada muy empinada y resbaladiza. El Grupo está preparado. Cuerdas y arnés para un “rapelito”. Los más jóvenes y atrevidos bajaron como “cabras”.

A la cueva se le entra desde el agua, y con el agua a la cintura. A los pocos metros la profundidad nos cubre. Solo es posible recorrerla flotando en un recorrido de casi media hora.

En la punta se encuentra Félix con una cuerda para guiar el camino, y sentir el templón ante una eventualidad. La fila la cierra el “Pequeño Juan”. Es imposible no sentirse seguro.

La sensación de avanzar húmedo y a oscuras es UNICA. Nos deslizamos a favor de una suave corriente con las lámparas en la cabeza.

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Solo en par de oportunidades es posible subir a tierra firme para reponernos y tomar las fotos de rigor.

Aun cuando no existe profusión de esculturas rocosas, la cueva está esculpida.

Un poco más allá de la mitad del recorrido hay una bóveda de altura considerable. Se mezclan de manera ensordecedora los chirridos de los murciélagos con el metálico de los guacharos.

El olor es ácido y penetrante. Provoca salir…. nadando.

Al regreso nos detenemos en una poza generosa, con una caída de agua de alrededor de 10 metros. Los organizadores fabricaron una escalera de cuerdas para facilitar el ascenso a la “plataforma” y permitir vértigo y zambullida. Entre temores y osadía nos lanzamos. Hay que entrarle al agua derechito para evitar golpearse la “rabadilla” (coxis).

Llegaron visitantes. Su modo de celebrar es otro: licor, cigarro y música altisonante. Es hora de partir. Me admiro del espíritu conservacionista del grupo, transferido a la perfección a nuestros jóvenes, quienes de manera firme y respetuosa hicieron el reclamo correspondiente.

De nuevo caminamos con el morral a cuestas, y con nuevas historias hasta el rancho de Demetrio. Esta vez la “hembra” solo se llevará el equipaje. Nosotros regresamos a pie.

La cena compensa la austeridad del día. Cuatro kilos de pasta lucían mucho y rindieron poco ante un hambre “veraz”.

También bebimos en colectivo de una palangana con un centro macizo de hielo, sobre el cual se vaciaban las cervezas. Y de postre un atole de arroz.

La noche fue deliciosa durmiendo en carpa sobre un potrero mullido y despertando; como dice una amiga metafórica con un coro de “voces blancas”… de becerros.

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El desayuno es con arepa “cascaruda” y queso casero.

La hospitalidad de Demetrio no tiene parangón. Le compramos queso con “ñapa”, ante su filosofía de vida: “Quien ama la miseria, de la miseria muere”.

Antes de retornar disfrutamos de una carne asada, ensalada rayada y bollitos; precedida por agua de coco, bajados con una fortaleza y habilidad asombrosa por el “ovejo”, un nuevo amigo de pura cepa.

Me retiro 5 minutos en horizontal sobre el pasto estrella, bajo la sombra de un samán. Veo pasar bandadas de guacamayas que hacen sus nidos en la corteza de las palmas, diviso sobre los botalones un rojo cardenalito evasivo pero evidente.

El regreso hasta Yumare es en una batea rústica, en un rompecabezas humano lleno de buen humor como pócima a los entumecimientos. De caminata ya tuvimos nuestra buena dosis.

Es un honor ser un invitado de esta gente de bien, quienes disfrutan y le retribuyen a la naturaleza. Con decirles que hasta cargan con arbolitos para reforestar, y se refieren a ellos como sus “niños con pañales negros”.

Me llevo “zumbidos” de tonada, 360 grados de brisa fragante y sabana…y el Alma Vibrante.

 

gAt

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