Mochima: entre acantilados y un horizonte de mar.

Solo Barlovento esta inmune a la sequía. No le hace mella.

Tan verde como siempre, tan cadencioso como nunca.

El disfrute comienza al pie de la vía: cochino y pollo, ensalada rayada, jugo de guayaba y arepas; un desayuno guloso.

Resaltos o depresiones, reductores u obstáculos, policías acostados y de pie hacen que el avance sea pausado.

No hay prisa … el primer desvío nos lleva al Valle de Guanape buscando a Angélica. Su sonrisa es el mejor abono para su jardín de bonsáis. La primera vez fue una Palma Ragú, ahora una tapara. Espero ansioso que la mata cargue como ofrenda a su creadora. Nos cargamos de caimitos, una fruta morada con delicioso sabor a níspero.

El atardecer se zambulle en cámara lenta.

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Los pelícanos engullen la última cena..del día..mientras la luz los guía.

Bandadas de garzas y corocoras flamean en rojiblanco ante mis ojos.

Otras aves completan el popurrí: tijereta, cotúa y gaviotas.

Es un buen comienzo.

Despunta el día. La mesa está servida y adornada con amapolas.

Sobre la mantequilla se posa delicadamente una flor de jazmín, y las frutas están flanqueadas por cayenas. La vista está satisfecha, y para el gusto arepitas amasadas con cambur y un perico jugoso.

En la cena el jugo de mango tiene un toque de vainilla. No falta el pastel de chucho y las sopas de apio y auyama. Caserísimo con un toque “gourmet”.

 Angel y su peñero: Brisas del Mar;  se convierten en nuestro transporte y guía: Playa Blanca, La Piscina, La Canoa, Manare y La Burbuja

Deliciosa monotonía. El zumbido del motor, la vibración del bote, brisa constante, y mar hasta el horizonte incrustado de espejos que reflejan el sol.

Lo acompaña en la proa Julio José, el sobrino de 9 años…en plena forja. Se comunican por señas. La autoridad se ejerce en las miradas. Ya tiene pies de pescador. Su rostro es de pasarela, pero  en su gentil sonrisa se vislumbra una dentadura decadente. Sus límites están demarcados por los recorridos en el bote del tío. Solo conoce hasta Puerto la Cruz. Su mirada se clava en el horizonte. ¿Soñará?, o será víctima de la seducción de la brisa.

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Sobre las áridas montañas se divisan las chocitas de los “vigías”. Son refugios separados por la distancia de la voz, para avisar a los pescadores que salgan con sus redes a atrapar los cardúmenes de jurel, cabaña, sardina y pare de contar. En los últimos años se han asentado colonias de pescadores con forma de pueblo. Existe hasta una escuelita con un maestro que viene de tierra firme. Un corral de chivos y tanques de agua que son surtidos a través de los peñeros.

En cada recorrido existe una muestra de la gentileza de nuestra gente. Me acerqué con mi cámara a fotografiar la comida de los vecinos, y salí con un sabroso caldo de calamares y camarón; y con par de pescados fritos que me hicieron ojitos, los cuales engullí.

El mar se crespa frente al Tigrillo. Ante nuestros ojos danzan ruidosamente varias manadas de delfines, y se zambullen certeramente los “pájaros bobos”, emergiendo con su botín en el pico. Los Pelícanos esperan la pesca sobre arbustos y peñascos. Destacan los “mohicanos”: cabeza rapada blanca con cresta marrón rojiza.

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Me voy con la esperanza de volver a sentarme frente al mar, soñar entredespierto, pisar la blanca arena dejando solo un instante de huella, despojarme del sol en una zambullida traslúcida … y sobretodo volver a estar en primera fila de una coreografía de delfines con un Do de aleta incluido.

 

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